“Polvo somos, del polvo venimos y en polvo nos convertiremos”, una vez se dijo “¿Qué somos?”, se preguntó. Y mirando a su alrededor, un mundo tan confuso como inexplicable, llegó a la conclusión de que lo que más se parece a nuestra existencia es el polvo. Una piensa en polvo y lo primero que divisa es la nada. Algo volátil, efímero, pasajero. Como nosotros. Ante el cosmos, somos la más liviana partícula. Pero luego, reflexionamos y nos negamos a reducir la condición humana a algo tan escueto, tan cercano a la nada La vida es demasiado plena como para aplicar el etéreo estadio a todo. Emociones, disgustos, sentimientos, tristezas, arrepentimientos, llantos... Pero tambien ser polvo va más allá de la nada. El menú polvoriento es casi infinito: polvos mágicos, polvos sucios, polvos alérgenos, polvos que se transforman en una lista que se alarga tanto como nuestra imaginación. Hay tantos como personas, como situaciones, como romances. Y todos son todo y nada a la vez. Todo en un instante, nada en una vida; todo en una vida, nada en el universo. No podría haberse encontrado una palabra mejor para explicar la eterna dualidad que nos rodea, la eterna complexidad de existir. La balanza entre todo y nada. Somos polvo cuando vivimos, cuando morimos y ¡como no!... también venimos del polvo. La vida es efimera. La vida es nada y a la vez todo.